Para que no tropieces con tu pie en piedra.
12 Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás al
Señor tu Dios.
13 Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó
de él por un tiempo.
Jesús principia su ministerio
(Mt. 4.12-17; Mr. 1.14-15)
14 Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se
difundió su fama por toda la tierra de alrededor.
15 Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por
todos.
Jesús en Nazaret
(Mt. 13.53-58; Mr. 6.1-6)
16 Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de
reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se
levantó a leer.
17 Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto
el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
-
18 El Espíritu del Señor está sobre mí,
- Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
- Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
- A pregonar libertad a los cautivos,
- Y vista a los ciegos;
- A poner en libertad a los oprimidos;
-
19 A predicar el año agradable del Señor.
20 Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y
los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.
21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura
delante de vosotros.
22 Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados
de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No
es éste el hijo de José?
23 El les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico,
cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han
hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra.
24 Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto
en su propia tierra.
25 Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en
los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y
seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra;
26 pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer
viuda en Sarepta de Sidón.
27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta
Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el
sirio.
28 Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira;
29 y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le
llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada
la ciudad de ellos, para despeñarle.
30 Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.
Un hombre que tenía un espíritu inmundo
(Mr. 1.21-28)
31 Descendió Jesús a Capernaum, ciudad de Galilea; y les
enseñaba en los días de reposo.
32 Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con
autoridad.
33 Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de
demonio inmundo, el cual exclamó a gran voz,
34 diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros, Jesús
nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quién
eres, el Santo de Dios.
35 Y Jesús le reprendió, diciendo: Cállate, y sal de él.
Entonces el demonio, derribándole en medio de ellos, salió de
él, y no le hizo daño alguno.
36 Y estaban todos maravillados, y hablaban unos a otros,
diciendo: ¿Qué palabra es esta, que con autoridad y poder manda
a los espíritus inmundos, y salen?
37 Y su fama se difundía por todos los lugares de los
contornos.
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mt. 8.14-15; Mr. 1.29-31)
38 Entonces Jesús se levantó y salió de la sinagoga, y entró
en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una gran fiebre; y
le rogaron por ella.
39 E inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre; y la
fiebre la dejó, y levantándose ella al instante, les servía.
Muchos sanados al ponerse el sol
(Mt. 8.16-17; Mr. 1.32-34)
40 Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de
diversas enfermedades los traían a él; y él, poniendo las
manos sobre cada uno de ellos, los sanaba.
41 También salían demonios de muchos, dando voces y diciendo:
Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los reprendía y no les dejaba
hablar, porque sabían que él era el Cristo.
Jesús recorre Galilea predicando
(Mr. 1.35-39)
42 Cuando ya era de día, salió y se fue a un lugar desierto;
y la gente le buscaba, y llegando a donde estaba, le detenían
para que no se fuera de ellos.
43 Pero él les dijo: Es necesario que también a otras
ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto
he sido enviado.
44 Y predicaba en las sinagogas de Galilea.
La pesca milagrosa
(Mt. 4.18-22; Mr. 1.16-20)
5
1 Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el
gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios.
2 Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y
los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes.
3 Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón,
le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose,
enseñaba desde la barca a la multitud.
4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y
echad vuestras redes para pescar.
5 Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos
estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra
echaré la red.
6 Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su
red se rompía.
7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la
otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron
ambas barcas, de tal manera que se hundían.
8 Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús,
diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.
9 Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había
apoderado de él, y de todos los que estaban con él,
10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran
compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde
ahora serás pescador de hombres.
11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le
siguieron.
Jesús sana a un leproso
(Mt. 8.1-4; Mr. 1.40-45)
12 Sucedió que estando él en una de las ciudades, se
presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se
postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si
quieres, puedes limpiarme.
13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo:
Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él.
14 Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino ve, le dijo,
muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según
mandó Moisés, para testimonio a ellos.
15 Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha
gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades.
16 Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.
Jesús sana a un paralítico
(Mt. 9.1-8; Mr. 2.1-12)
17 Aconteció un día, que él estaba enseñando, y estaban
sentados los fariseos y doctores de la ley, los cuales habían
venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalén; y
el poder del Señor estaba con él para sanar.
18 Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un
hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y
ponerle delante de él.
19 Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud,
subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el
lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús.
20 Al ver él la fe de ellos, le dijo: Hombre, tus pecados te
son perdonados.
21 Entonces los escribas y los fariseos comenzaron a cavilar,
diciendo: ¿Quién es éste que habla blasfemias? ¿Quién puede
perdonar pecados sino sólo Dios?
22 Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos,
respondiendo les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros corazones?
23 ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados,
o decir: Levántate y anda?
24 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad
en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te
digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
25 Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando
el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando
a Dios.
26 Y todos, sobrecogidos de asombro, glorificaban a Dios; y
llenos de temor, decían: Hoy hemos visto maravillas.
Llamamiento de Leví
(Mt. 9.9-13; Mr. 2.13-17)
27 Después de estas cosas salió, y vio a un publicano llamado
Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo:
Sígueme.
28 Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.
29 Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha
compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con
ellos.
30 Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los
discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con
publicanos y pecadores?
31 Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no
tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
32 No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al
arrepentimiento.
La pregunta sobre el ayuno
(Mt. 9.14-17; Mr. 2.18-22)
33 Entonces ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de
Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los
fariseos, pero los tuyos comen y beben?
34 El les dijo: ¿Podéis acaso hacer que los que están de
bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos?
35 Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado;
entonces, en aquellos días ayunarán.
36 Les dijo también una parábola: Nadie corta un pedazo de un
vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si lo hace, no
solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no
armoniza con el viejo.
37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el
vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se
perderán.
38 Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y
lo otro se conservan.
39 Y ninguno que beba del añejo, quiere luego el nuevo; porque
dice: El añejo es mejor.
Los discípulos recogen espigas en el día de reposo
(Mt. 12.1-8; Mr. 2.23-28)
6
1 Aconteció en un día de reposo, que pasando Jesús por los
sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y comían,
restregándolas con las manos.
2 Y algunos de los fariseos les dijeron: ¿Por qué hacéis lo
que no es lícito hacer en los días de reposo?
3 Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Ni aun esto habéis leído,
lo que hizo David cuando tuvo hambre él, y los que con él
estaban;
4 cómo entró en la casa de Dios, y tomó los panes de la
proposición, de los cuales no es lícito comer sino sólo a los
sacerdotes, y comió, y dio también a los que estaban con él?
5 Y les decía: El Hijo del Hombre es Señor aun del día de
reposo.
El hombre de la mano seca
(Mt. 12.9-14; Mr. 3.1-6)
6 Aconteció también en otro día de reposo, que él entró en
la sinagoga y enseñaba; y estaba allí un hombre que tenía seca
la mano derecha.
7 Y le acechaban los escribas y los fariseos, para ver si en el
día de reposo lo sanaría, a fin de hallar de qué acusarle.
8 Mas él conocía los pensamientos de ellos; y dijo al hombre
que tenía la mano seca: Levántate, y ponte en medio. Y él,
levantándose, se puso en pie.
9 Entonces Jesús les dijo: Os preguntaré una cosa: ¿Es
lícito en día de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿salvar la
vida, o quitarla?
10 Y mirándolos a todos alrededor, dijo al hombre: Extiende tu
mano. Y él lo hizo así, y su mano fue restaurada.
11 Y ellos se llenaron de furor, y hablaban entre sí qué
podrían hacer contra Jesús.
Elección de los doce apóstoles
(Mt. 10.1-4; Mr. 3.13-19)
12 En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche
orando a Dios.
13 Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a
doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles:
14 a Simón, a quien también llamó Pedro, a Andrés su
hermano, Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé,
15 Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón llamado Zelote,
16 Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser
el traidor.
Jesús atiende a una multitud
(Mt. 4.23-25)
17 Y descendió con ellos, y se detuvo en un lugar llano, en
compañía de sus discípulos y de una gran multitud de gente de
toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón, que
había venido para oírle, y para ser sanados de sus enfermedades;
18 y los que habían sido atormentados de espíritus inmundos
eran sanados.
19 Y toda la gente procuraba tocarle, porque poder salía de
él y sanaba a todos.
Bienaventuranzas y ayes
(Mt. 5.1-12)
20 Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía:
Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de
Dios.
21 Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis
saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
22 Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y
cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro
nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre.
23 Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro
galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres
con los profetas.
24 Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo.
25 ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre.
¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis.
26 ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de
vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas.
El amor hacia los enemigos, y la regla de oro
(Mt. 5.38-48; 7.12)
27 Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros
enemigos, haced bien a los que os aborrecen;
28 bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os
calumnian.
29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la
otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.
30 A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es
tuyo, no pidas que te lo devuelva.
31 Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así
también haced vosotros con ellos.
32 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?
Porque también los pecadores aman a los que los aman.
33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito
tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo.
34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir,
¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a
los pecadores, para recibir otro tanto.
35 Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no
esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y
seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los
ingratos y malos.
36 Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es
misericordioso.
El juzgar a los demás
(Mt. 7.1-5)
37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no
seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.
38 Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y
rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida
con que medís, os volverán a medir.
39 Y les decía una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a
otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?
40 El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que
fuere perfeccionado, será como su maestro.
41 ¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano,
y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
42 ¿O cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, déjame sacar
la paja que está en tu ojo, no mirando tú la viga que está en
el ojo tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y
entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu
hermano.
Por sus frutos los conoceréis
(Mt. 7.15-20)
43 No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el
que da buen fruto.
44 Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se
cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian
uvas.
45 El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo
bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo
malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.
Los dos cimientos
(Mt. 7.24-27)
46 ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que
yo digo?
47 Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace,
os indicaré a quién es semejante.
48 Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y
ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una
inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no
la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca.
49 Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que
edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el
río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de
aquella casa.
Jesús sana al siervo de un centurión
(Mt. 8.5-13)
7
1 Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que
le oía, entró en Capernaum.
2 Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho,
estaba enfermo y a punto de morir.
3 Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos
ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su
siervo.
4 Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud,
diciéndole: Es digno de que le concedas esto;
5 porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga.
6 Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la
casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole:
Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi
techo;
7 por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di
la palabra, y mi siervo será sano.
8 Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo
soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro:
Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
9 Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose,
dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he
hallado tanta fe.
10 Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron
sano al siervo que había estado enfermo.
Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín
11 Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama
Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran
multitud.
12 Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que
llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la
cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.
13 Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le
dijo: No llores.
14 Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se
detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.
15 Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a
hablar. Y lo dio a su madre.
16 Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un
gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado
a su pueblo.
17 Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la
región de alrededor.
Los mensajeros de Juan el Bautista
(Mt. 11.2-19)
18 Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas
cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos,
19 y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres tú el que
había de venir, o esperaremos a otro?
20 Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron: Juan el
Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres tú el que
había de venir, o esperaremos a otro?
21 En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y
de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista.
22 Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo
que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los
leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son
resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;
23 y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.
24 Cuando se fueron los mensajeros de Juan, comenzó a decir de
Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña
sacudida por el viento?
25 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de
vestiduras delicadas? He aquí, los que tienen vestidura preciosa
y viven en deleites, en los palacios de los reyes están.
26 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y
más que profeta.
27 Este es de quien está escrito:
- He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz,
- El cual preparará tu camino delante de ti.
28 Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor
profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino
de Dios es mayor que él.
29 Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron,
justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan.
30 Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los
designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados
por Juan.
31 Y dijo el Señor: ¿A qué, pues, compararé los hombres de
esta generación, y a qué son semejantes?
32 Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza, que dan
voces unos a otros y dicen: Os tocamos flauta, y no bailasteis;
os endechamos, y no llorasteis.
33 Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía
vino, y decís: Demonio tiene.
34 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Este es
un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de
pecadores.
35 Mas la sabiduría es justificada por todos sus hijos.
Jesús en el hogar de Simón el fariseo
36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y
habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.
37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber
que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco
de alabastro con perfume;
38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a
regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y
besaba sus pies, y los ungía con el perfume.
39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo
para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase
de mujer es la que le toca, que es pecadora.
40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa
tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos
denarios, y el otro cincuenta;
42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di,
pues, ¿cuál de ellos le amará más?
43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó
más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.
44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré
en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado
mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.
45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado
de besar mis pies.
46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con
perfume mis pies.
47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son
perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona
poco, poco ama.
48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron
a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona
pecados?
50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vé en paz.
Mujeres que sirven a Jesús
8
1 Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y
aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y
los doce con él,
2 y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus
malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la
que habían salido siete demonios,
3 Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y
otras muchas que le servían de sus bienes.
Parábola del sembrador
(Mt. 13.1-15, 18-23; Mr. 4.1-20)
4 Juntándose una gran multitud, y los que de cada ciudad
venían a él, les dijo por parábola:
5 El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras
sembraba, una parte cayó junto al camino, y fue hollada, y las
aves del cielo la comieron.
6 Otra parte cayó sobre la piedra; y nacida, se secó, porque
no tenía humedad.
7 Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron
juntamente con ella, la ahogaron.
8 Y otra parte cayó en buena tierra, y nació y llevó fruto a
ciento por uno. Hablando estas cosas, decía a gran voz: El que
tiene oídos para oír, oiga.
9 Y sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Qué significa
esta parábola?
10 Y él dijo: A vosotros os es dado conocer los misterios del
reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que viendo
no vean, y oyendo no entiendan.
11 Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de
Dios.
12 Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el
diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se
salven.
13 Los de sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben
la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por
algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan.
14 La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero
yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los
placeres de la vida, y no llevan fruto.
15 Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con
corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con
perseverancia.
Nada oculto que no haya de ser manifestado
(Mr. 4.21-25)
16 Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija, ni la
pone debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que
los que entran vean la luz.
17 Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni
escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz.
18 Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene, se le
dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se le
quitará.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mt. 12.46-50; Mr. 3.31-35)
19 Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero no
podían llegar hasta él por causa de la multitud.
20 Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están
fuera y quieren verte.
21 El entonces respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos
son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen.
Jesús calma la tempestad
(Mt. 8.23-27; Mr. 4.35-41)
22 Aconteció un día, que entró en una barca con sus
discípulos, y les dijo: Pasemos al otro lado del lago. Y
partieron.
23 Pero mientras navegaban, él se durmió. Y se desencadenó
una tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban.
24 Y vinieron a él y le despertaron, diciendo: ¡Maestro,
Maestro, que perecemos! Despertando él, reprendió al viento y a
las olas; y cesaron, y se hizo bonanza.
25 Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Y atemorizados, se
maravillaban, y se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que
aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen?
El endemoniado gadareno
(Mt. 8.28-34; Mr. 5.1-20)
26 Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la
ribera opuesta a Galilea.
27 Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre de la
ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no vestía ropa,
ni moraba en casa, sino en los sepulcros.
28 Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose
a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué tienes conmigo, Jesús,
Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes.
29 (Porque mandaba al espíritu inmundo que saliese del hombre,
pues hacía mucho tiempo que se había apoderado de él; y le
ataban con cadenas y grillos, pero rompiendo las cadenas, era
impelido por el demonio a los desiertos.)
30 Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo te llamas? Y él
dijo: Legión. Porque muchos demonios habían entrado en él.
31 Y le rogaban que no los mandase ir al abismo.
32 Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el
monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio
permiso.
33 Y los demonios, salidos del hombre, entraron en los cerdos;
y el hato se precipitó por un despeñadero al lago, y se ahogó.
34 Y los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que
había acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y
por los campos.
35 Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron a
Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los
demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal
juicio; y tuvieron miedo.
36 Y los que lo habían visto, les contaron cómo había sido
salvado el endemoniado.
37 Entonces toda la multitud de la región alrededor de los
gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían gran
temor. Y Jesús, entrando en la barca, se volvió.
38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba
que le dejase estar con él; pero Jesús le despidió, diciendo:
39 Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho
Dios contigo. Y él se fue, publicando por toda la ciudad cuán
grandes cosas había hecho Jesús con él.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mt. 9.18-26; Mr. 5.21-43)
40 Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo;
porque todos le esperaban.
41 Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal de
la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que
entrase en su casa;
42 porque tenía una hija única, como de doce años, que se
estaba muriendo.
Y mientras iba, la multitud le oprimía.
43 Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía
doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía,
y por ninguno había podido ser curada,
44 se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; y al
instante se detuvo el flujo de su sangre.
45 Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? Y
negando todos, dijo Pedro y los que con él estaban: Maestro, la
multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha
tocado?
46 Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he
conocido que ha salido poder de mí.
47 Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta,
vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de
todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al
instante había sido sanada.
48 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz.
49 Estaba hablando aún, cuando vino uno de casa del principal
de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto; no molestes más al
Maestro.
50 Oyéndolo Jesús, le respondió: No temas; cree solamente, y
será salva.
51 Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a
Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña.
52 Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él
dijo: No lloréis; no está muerta, sino que duerme.
53 Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta.
54 Mas él, tomándola de la mano, clamó diciendo: Muchacha,
levántate.
55 Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó;
y él mandó que se le diese de comer.
56 Y sus padres estaban atónitos; pero Jesús les mandó que a
nadie dijesen lo que había sucedido.
Misión de los doce discípulos
(Mt. 10.5-15; Mr. 6.7-13)
9
1 Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y
autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades.
2 Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los
enfermos.
3 Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni
alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas.
4 Y en cualquier casa donde entréis, quedad allí, y de allí
salid.
5 Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad,
y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.
6 Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el
evangelio y sanando por todas partes.
Muerte de Juan el Bautista
(Mt. 14.1-12; Mr. 6.14-29)
7 Herodes el tetrarca oyó de todas las cosas que hacía
Jesús; y estaba perplejo, porque decían algunos: Juan ha
resucitado de los muertos;
8 otros: Elías ha aparecido; y otros: Algún profeta de los
antiguos ha resucitado.
9 Y dijo Herodes: A Juan yo le hice decapitar; ¿quién, pues,
es éste, de quien oigo tales cosas? Y procuraba verle.
Alimentación de los cinco mil
(Mt. 14.13-21; Mr. 6.30-44; Jn. 6.1-14)
10 Vueltos los apóstoles, le contaron todo lo que habían
hecho. Y tomándolos, se retiró aparte, a un lugar desierto de
la ciudad llamada Betsaida.
11 Y cuando la gente lo supo, le siguió; y él les recibió, y
les hablaba del reino de Dios, y sanaba a los que necesitaban ser
curados.
12 Pero el día comenzaba a declinar; y acercándose los doce,
le dijeron: Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y
campos de alrededor, y se
alojen y encuentren alimentos; porque aquí estamos en lugar
desierto.
13 El les dijo: Dadles vosotros de comer. Y dijeron ellos: No
tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos
nosotros a comprar alimentos para toda esta multitud.
14 Y eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus
discípulos: Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en
cincuenta.
15 Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos.
16 Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los
ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus
discípulos para que los pusiesen delante de la gente.
17 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que les
sobró, doce cestas de pedazos.
La confesión de Pedro
(Mt. 16.13-20; Mr. 8.27-30)
18 Aconteció que mientras Jesús oraba aparte, estaban con él
los discípulos; y les preguntó, diciendo: ¿Quién dice la
gente que soy yo?
19 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y
otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado.
20 El les dijo: ¿Y vosotros, quién decís que soy? Entonces
respondiendo Pedro, dijo: El Cristo de Dios.
Jesús anuncia su muerte
(Mt. 16.21-28; Mr. 8.319.1)
21 Pero él les mandó que a nadie dijesen esto,
encargándoselo rigurosamente,
22 y diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca
muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los
principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y
resucite al tercer día.
23 Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
24 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y
todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará.
25 Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se
destruye o se pierde a sí mismo?
26 Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de
éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su
gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles.
27 Pero os digo en verdad, que hay algunos de los que están
aquí, que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de
Dios.
La transfiguración
(Mt. 17.1-8; Mr. 9.2-8)
28 Aconteció como ocho días después de estas palabras, que
tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar.
29 Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo
otra, y su vestido blanco y resplandeciente.
30 Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran
Moisés y Elías;
31 quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su
partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén.
32 Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de
sueño; mas permaneciendo despiertos, vieron la gloria de Jesús,
y a los dos varones que estaban con él.
33 Y sucedió que apartándose ellos de él, Pedro dijo a
Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y
hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para
Elías; no sabiendo lo que decía.
34 Mientras él decía esto, vino una nube que los cubrió; y
tuvieron temor al entrar en la nube.
35 Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo
amado; a él oíd.
36 Y cuando cesó la voz, Jesús fue hallado solo; y ellos
callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que
habían visto.
Jesús sana a un muchacho endemoniado
(Mt. 17.14-21; Mr. 9.14-29)
37 Al día siguiente, cuando descendieron del monte, una gran
multitud les salió al encuentro.
38 Y he aquí, un hombre de la multitud clamó diciendo:
Maestro, te ruego que veas a mi hijo, pues es el único que
tengo;
39 y sucede que un espíritu le toma, y de repente da voces, y
le sacude con violencia, y le hace echar espuma, y
estropeándole, a duras penas se aparta de él.
40 Y rogué a tus discípulos que le echasen fuera, y no
pudieron.
41 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y
perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros, y os he de
soportar? Trae acá a tu hijo.
42 Y mientras se acercaba el muchacho, el demonio le derribó y
le sacudió con violencia; pero Jesús reprendió al espíritu
inmundo, y sanó al muchacho, y se lo devolvió a su padre.
43 Y todos se admiraban de la grandeza de Dios.
Jesús anuncia otra vez su muerte
(Mt. 17.22-23; Mr. 9.30-32)
Y maravillándose todos de todas las cosas que hacía, dijo a
sus discípulos:
44 Haced que os penetren bien en los oídos estas palabras;
porque acontecerá que el Hijo del Hombre será entregado en
manos de hombres.
45 Mas ellos no entendían estas palabras, pues les estaban
veladas para que no las entendiesen; y temían preguntarle sobre
esas palabras.
¿Quién es el mayor?
(Mt. 18.1-5; Mr. 9.33-37)
46 Entonces entraron en discusión sobre quién de ellos sería
el mayor.
47 Y Jesús, percibiendo los pensamientos de sus corazones,
tomó a un niño y lo puso junto a sí,
48 y les dijo: Cualquiera que reciba a este niño en mi nombre,
a mí me recibe; y cualquiera que me recibe a mí, recibe al que
me envió; porque el que es más pequeño entre todos vosotros,
ése es el más grande.
El que no es contra nosotros, por nosotros es
(Mr. 9.38-40)
49 Entonces respondiendo Juan, dijo: Maestro, hemos visto a uno
que echaba fuera demonios en tu nombre; y se lo prohibimos,
porque no sigue con nosotros.
50 Jesús le dijo: No se lo prohibáis; porque el que no es
contra nosotros, por nosotros es.
Jesús reprende a Jacobo y a Juan
51 Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser
recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.
52 Y envió mensajeros delante de él, los cuales fueron y
entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle
preparativos.
53 Mas no le recibieron, porque su aspecto era como de ir a
Jerusalén.
54 Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor,
¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo
Elías, y los consuma?
55 Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo:
Vosotros no sabéis de qué espíritu sois;
56 porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas
de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea.
Los que querían seguir a Jesús
(Mt. 8.18-22)
57 Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré
adondequiera que vayas.
58 Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves de
los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar
la cabeza.
59 Y dijo a otro: Sígueme. El le dijo: Señor, déjame que
primero vaya y entierre a mi padre.
60 Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos;
y tú ve, y anuncia el reino de Dios.
61 Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero
déjame que me despida primero de los que están en mi casa.
62 Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado
mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.
Misión de los setenta
10
1 Después de estas cosas, designó el Señor también a otros
setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda
ciudad y lugar adonde él había de ir.
2 Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros
pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a
su mies.
3 Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos.
4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie
saludéis por el camino.
5 En cualquier casa donde entréis, primeramente decid: Paz sea
a esta casa.
6 Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra paz reposará
sobre él; y si no, se volverá a vosotros.
7 Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os
den; porque el obrero es digno de su salario. No os paséis de
casa en casa.
8 En cualquier ciudad donde entréis, y os reciban, comed lo
que os pongan delante;
9 y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha
acercado a vosotros el reino de Dios.
10 Mas en cualquier ciudad donde entréis, y no os reciban,
saliendo por sus calles, decid:
11 Aun el polvo de vuestra ciudad, que se ha pegado a nuestros
pies, lo sacudimos contra vosotros. Pero esto sabed, que el reino
de Dios se ha acercado a vosotros.
12 Y os digo que en aquel día será más tolerable el castigo
para Sodoma, que para aquella ciudad.
Ayes sobre las ciudades impenitentes
(Mt. 11.20-24)
13 ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! que si en Tiro y
en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en
vosotras, tiempo ha que sentadas en cilicio y ceniza, se habrían
arrepentido.
14 Por tanto, en el juicio será más tolerable el castigo para
Tiro y Sidón, que para vosotras.
15 Y tú, Capernaum, que hasta los cielos eres levantada, hasta
el Hades serás abatida.
16 El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros
desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al
que me envió.
Regreso de los setenta
17 Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los
demonios se nos sujetan en tu nombre.
18 Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.
19 He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones,
y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.
20 Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan,
sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los
cielos.
Jesús se regocija
(Mt. 11.25-27; 13.16-17)
21 En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y
dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las
has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.
22 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie
conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre,
sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
23 Y volviéndose a los discípulos, les dijo aparte:
Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis;
24 porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo
que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo
oyeron.
El buen samaritano
25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para
probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?
26 El le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?
27 Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y
con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.
28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.
29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús:
¿Y quién es mi prójimo?
30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de
Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le
despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.
31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y
viéndole, pasó de largo.
32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y
viéndole, pasó de largo.
33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y
viéndole, fue movido a misericordia;
34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y
vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y
cuidó de él.
35 Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al
mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo
te lo pagaré cuando regrese.
36 ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo
del que cayó en manos de los ladrones?
37 El dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús
le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.
Jesús visita a Marta y a María
38 Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una
mujer llamada Marta le recibió en su casa.
39 Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual,
sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.
40 Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y
acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me
deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.
41 Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y
turbada estás con muchas cosas.
42 Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la
buena parte, la cual no le será quitada.
Jesús y la oración
(Mt. 6.9-15; 7.7-11)
11
1 Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando
terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a
orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.
2 Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en
los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu
voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
3 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
4 Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros
perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal.
5 Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo,
va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes,
6 porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo
qué ponerle delante;
7 y aquél, respondiendo desde adentro, le dice: No me
molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo
en cama; no puedo levantarme, y dártelos?
8 Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su
amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará
todo lo que necesite.
9 Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis;
llamad, y se os abrirá.
10 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y
al que llama, se le abrirá.
11 ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará
una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una
serpiente?
12 ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
13 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas
a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el
Espíritu Santo a los que se lo pidan?
Una casa dividida contra sí misma
(Mt. 12.22-30; Mr. 3.20-27)
14 Estaba Jesús echando fuera un demonio, que era mudo; y
aconteció que salido el demonio, el mudo habló; y la gente se
maravilló.
15 Pero algunos de ellos decían: Por Beelzebú, príncipe de
los demonios, echa fuera los demonios.
16 Otros, para tentarle, le pedían señal del cielo.
17 Mas él, conociendo los pensamientos de ellos, les dijo:
Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado; y una casa
dividida contra sí misma, cae.
18 Y si también Satanás está dividido contra sí mismo,
¿cómo permanecerá su reino? ya que decís que por Beelzebú
echo yo fuera los demonios.
19 Pues si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿vuestros
hijos por quién los echan? Por tanto, ellos serán vuestros
jueces.
20 Mas si por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios,
ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros.
21 Cuando el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz
está lo que posee.
22 Pero cuando viene otro más fuerte que él y le vence, le
quita todas sus armas en que confiaba, y reparte el botín.
23 El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no
recoge, desparrama.
El espíritu inmundo que vuelve
(Mt. 12.43-45)
24 Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares
secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Volveré a mi
casa de donde salí.
25 Y cuando llega, la halla barrida y adornada.
26 Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y
entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene
a ser peor que el primero.
Los que en verdad son bienaventurados
27 Mientras él decía estas cosas, una mujer de entre la
multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que
te trajo, y los senos que mamaste.
28 Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de
Dios, y la guardan.
La generación perversa demanda señal
(Mt. 12.38-42)
29 Y apiñándose las multitudes, comenzó a decir: Esta
generación es mala; demanda señal, pero señal no le será
dada, sino la señal de Jonás.
30 Porque así como Jonás fue señal a los ninivitas,
también lo será el Hijo del Hombre a esta generación.
31 La reina del Sur se levantará en el juicio con los hombres
de esta generación, y los condenará; porque ella vino de los
fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí
más que Salomón en este lugar.
32 Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta
generación, y la condenarán; porque a la predicación de Jonás
se arrepintieron, y he aquí más que Jonás en este lugar.
La lámpara del cuerpo
(Mt. 6.22-23)
33 Nadie pone en oculto la luz encendida, ni debajo del almud,
sino en el candelero, para que los que entran vean la luz.
34 La lámpara del cuerpo es el ojo; cuando tu ojo es bueno,
también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es
maligno, también tu cuerpo está en tinieblas.
35 Mira pues, no suceda que la luz que en ti hay, sea
tinieblas.
36 Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo
parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una
lámpara te alumbra con su resplandor.
Jesús acusa a fariseos y a intérpretes de la ley
(Mt. 23.1-36; Mr. 12.38-40; Lc. 20.45-47)
37 Luego que hubo hablado, le rogó un fariseo que comiese con
él; y entrando Jesús en la casa, se sentó a la mesa.
38 El fariseo, cuando lo vio, se extrañó de que no se hubiese
lavado antes de comer.
39 Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos
limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro
estáis llenos de rapacidad y de maldad.
40 Necios, ¿el que hizo lo de fuera, no hizo también lo de
adentro?
41 Pero dad limosna de lo que tenéis, y entonces todo os será
limpio.
42 Mas ¡ay de vosotros, fariseos! que diezmáis la menta, y la
ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor
de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello.
43 ¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas
en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas.
44 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! que sois
como sepulcros que no se ven, y los hombres que andan encima no
lo saben.
45 Respondiendo uno de los intérpretes de la ley, le dijo:
Maestro, cuando dices esto, también nos afrentas a nosotros.
46 Y él dijo: ¡Ay de vosotros también, intérpretes de la
ley! porque cargáis a los hombres con cargas que no pueden
llevar, pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis.
47 ¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los
profetas a quienes mataron vuestros padres!
48 De modo que sois testigos y consentidores de los hechos de
vuestros padres; porque a la verdad ellos los mataron, y vosotros
edificáis sus sepulcros.
49 Por eso la sabiduría de Dios también dijo: Les enviaré
profetas y apóstoles; y de ellos, a unos matarán y a otros
perseguirán,
50 para que se demande de esta generación la sangre de todos
los profetas que se ha derramado desde la fundación del mundo,
51 desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que
murió entre el altar y el templo; sí, os digo que será
demandada de esta generación.
52 ¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley! porque habéis
quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y
a los que entraban se lo impedisteis.
53 Diciéndoles él estas cosas, los escribas y los fariseos
comenzaron a estrecharle en gran manera, y a provocarle a que
hablase de muchas cosas;
54 acechándole, y procurando cazar alguna palabra de su boca
para acusarle.
La levadura de los fariseos
12
1 En esto, juntándose por millares la multitud, tanto que unos
a otros se atropellaban, comenzó a decir a sus discípulos,
primeramente: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la
hipocresía.
2 Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni
oculto, que no haya de saberse.
3 Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas, a la luz
se oirá; y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se
proclamará en las azoteas.
A quién se debe temer
(Mt. 10.26-31)
4 Mas os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el
cuerpo, y después nada más pueden hacer.
5 Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que
después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el
infierno; sí, os digo, a éste temed.
6 ¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni
uno de ellos está olvidado delante de Dios.
7 Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos
contados. No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos
pajarillos.
El que me confesare delante de los hombres
8 Os digo que todo aquel que me confesare delante de los
hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los
ángeles de Dios;
9 mas el que me negare delante de los hombres, será negado
delante de los ángeles de Dios.
10 A todo aquel que dijere alguna palabra contra el Hijo del
Hombre, le será perdonado; pero al que blasfemare contra el
Espíritu Santo, no le será perdonado.
11 Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y
las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de
responder, o qué habréis de decir;
12 porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo
que debáis decir.
El rico insensato
13 Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que
parta conmigo la herencia.
14 Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre
vosotros como juez o partidor?
15 Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la
vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que
posee.
16 También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de
un hombre rico había producido mucho.
17 Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque
no tengo dónde guardar mis frutos?
18 Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los
edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis
bienes;
19 y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para
muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.
20 Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu
alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?
21 Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con
Dios.
El afán y la ansiedad
(Mt. 6.25-34)
22 Dijo luego a sus discípulos: Por tanto os digo: No os
afanéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por el cuerpo, qué
vestiréis.
23 La vida es más que la comida, y el cuerpo que el vestido.
24 Considerad los cuervos, que ni siembran, ni siegan; que ni
tienen despensa, ni granero, y Dios los alimenta. ¿No valéis
vosotros mucho más que las aves?
25 ¿Y quién de vosotros podrá con afanarse añadir a su
estatura un codo?
26 Pues si no podéis ni aun lo que es menos, ¿por qué os
afanáis por lo demás?
27 Considerad los lirios, cómo crecen; no trabajan, ni hilan;
mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió
como uno de ellos.
28 Y si así viste Dios la hierba que hoy está en el campo, y
mañana es echada al horno, ¿cuánto más a vosotros, hombres de
poca fe?
29 Vosotros, pues, no os preocupéis por lo que habéis de
comer, ni por lo que habéis de beber, ni estéis en ansiosa
inquietud.
30 Porque todas estas cosas buscan las gentes del mundo; pero
vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas.
31 Mas buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán
añadidas.
Tesoro en el cielo
(Mt. 6.19-21)
32 No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha
placido daros el reino.
33 Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no
se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde
ladrón no llega, ni polilla destruye.
34 Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también
vuestro corazón.
El siervo vigilante
35 Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas
encendidas;
36 y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su
señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le
abran en seguida.
37 Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor,
cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y
hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles.
38 Y aunque venga a la segunda vigilia, y aunque venga a la
tercera vigilia, si los hallare así, bienaventurados son
aquellos siervos.
39 Pero sabed esto, que si supiese el padre de familia a qué
hora el ladrón había de venir, velaría ciertamente, y no
dejaría minar su casa.
40 Vosotros, pues, también, estad preparados, porque a la hora
que no penséis, el Hijo del Hombre vendrá.
El siervo infiel
(Mt. 24.45-51)
41 Entonces Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a
nosotros, o también a todos?
42 Y dijo el Señor: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente
al cual su señor pondrá sobre su casa, para que a tiempo les
dé su ración?
43 Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga,
le halle haciendo así.
44 En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes.
45 Mas si aquel siervo dijere en su corazón: Mi señor tarda
en venir; y comenzare a golpear a los criados y a las criadas, y
a comer y beber y embriagarse,
46 vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no
espera, y a la hora que no sabe, y le castigará duramente, y le
pondrá con los infieles.
47 Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se
preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos
azotes.
48 Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será
azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho,
mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más
se le pedirá.
Jesús, causa de división
(Mt. 10.34-36)
49 Fuego vine a echar en la tierra; ¿y qué quiero, si ya se
ha encendido?
50 De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me
angustio hasta que se cumpla!
51 ¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo:
No, sino disensión.
52 Porque de aquí en adelante, cinco en una familia estarán
divididos, tres contra dos, y dos contra tres.
53 Estará dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra
el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la
suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra.
¿Cómo no reconocéis este tiempo?
(Mt. 16.1-4; Mr. 8.11-13)
54 Decía también a la multitud: Cuando veis la nube que sale
del poniente, luego decís: Agua viene; y así sucede.
55 Y cuando sopla el viento del sur, decís: Hará calor; y lo
hace.
56 ¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo y de
la tierra; ¿y cómo no distinguís este tiempo?
Arréglate con tu adversario
(Mt. 5.25-26)
57 ¿Y por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es
justo?
58 Cuando vayas al magistrado con tu adversario, procura en el
camino arreglarte con él, no sea que te arrastre al juez, y el
juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la
cárcel.
59 Te digo que no saldrás de allí, hasta que hayas pagado aun
la última blanca.
Arrepentíos o pereceréis
13
1 En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban
acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los
sacrificios de ellos.
2 Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos,
porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los
galileos?
3 Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis
igualmente.
4 O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en
Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos
los hombres que habitan en Jerusalén?
5 Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis
igualmente.
Parábola de la higuera estéril
6 Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera
plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no lo
halló.
7 Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a
buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para
qué inutiliza también la tierra?
8 El entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía
este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone.
9 Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después.
Jesús sana a una mujer en el día de reposo
10 Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo;
11 y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años
tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada, y en ninguna
manera se podía enderezar.
12 Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: Mujer, eres libre
de tu enfermedad.
13 Y puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y
glorificaba a Dios.
14 Pero el principal de la sinagoga, enojado de que Jesús
hubiese sanado en el día de reposo, dijo a la gente: Seis días
hay en que se debe trabajar; en éstos, pues, venid y sed
sanados, y no en día de reposo.
15 Entonces el Señor le respondió y dijo: Hipócrita, cada
uno de vosotros ¿no desata en el día de reposo su buey o su
asno del pesebre y lo lleva a beber?
16 Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado
dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el
día de reposo?
17 Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus
adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las
cosas gloriosas hechas por él.
Parábola de la semilla de mostaza
(Mt. 13.31-32; Mr. 4.30-32)
18 Y dijo: ¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué
lo compararé?
19 Es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y
sembró en su huerto; y creció, y se hizo árbol grande, y las
aves del cielo anidaron en sus ramas.
Parábola de la levadura
(Mt. 13.33)
20 Y volvió a decir: ¿A qué compararé el reino de Dios?
21 Es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió
en tres medidas de harina, hasta que todo hubo fermentado.
La puerta estrecha
(Mt. 7.13-14, 21-23)
22 Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, y
encaminándose a Jerusalén.
23 Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y
él les dijo:
24 Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que
muchos procurarán entrar, y no podrán.
25 Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado
la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta,
diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No
sé de dónde sois.
26 Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y
bebido, y en nuestras plazas enseñaste.
27 Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos
de mí todos vosotros, hacedores de maldad.
28 Allí será el llanto y el crujir de dientes, cuando veáis
a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de
Dios, y vosotros estéis excluidos.
29 Porque vendrán del oriente y del occidente, del norte y del
sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
30 Y he aquí hay postreros que serán primeros, y primeros
que serán postreros.
Lamento de Jesús sobre Jerusalén
(Mt. 23.37-39)
31 Aquel mismo día llegaron unos fariseos, diciéndole: Sal, y
vete de aquí, porque Herodes te quiere matar.
32 Y les dijo: Id, y decid a aquella zorra: He aquí, echo
fuera demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día
termino mi obra.
33 Sin embargo, es necesario que hoy y mañana y pasado mañana
siga mi camino; porque no es posible que un profeta muera fuera
de Jerusalén.
34 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y
apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar
a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas,
y no quisiste!
35 He aquí, vuestra casa os es dejada desierta; y os digo que
no me veréis, hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito
el que viene en nombre del Señor.
Jesús sana a un hidrópico
14
1 Aconteció un día de reposo, que habiendo entrado para comer
en casa de un gobernante, que era fariseo, éstos le acechaban.
2 Y he aquí estaban delante de él un hombre hidrópico.
3 Entonces Jesús habló a los intérpretes de la ley y a los
fariseos, diciendo: ¿Es lícito sanar en el día de reposo?
4 Mas ellos callaron. Y él, tomándole, le sanó, y le
despidió.
5 Y dirigiéndose a ellos, dijo: ¿Quién de vosotros, si su
asno o su buey cae en algún pozo, no lo sacará inmediatamente,
aunque sea en día de reposo?
6 Y no le podían replicar a estas cosas.
Los convidados a las bodas
7 Observando cómo escogían los primeros asientos a la mesa,
refirió a los convidados una parábola, diciéndoles:
8 Cuando fueres convidado por alguno a bodas, no te sientes en
el primer lugar, no sea que otro más distinguido que tú esté
convidado por él,
9 y viniendo el que te convidó a ti y a él, te diga: Da lugar
a éste; y entonces comiences con vergüenza a ocupar el último
lugar.
10 Mas cuando fueres convidado, ve y siéntate en el último
lugar, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo,
sube más arriba; entonces tendrás gloria delante de los que se
sientan contigo a la mesa.
11 Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que
se humilla, será enaltecido.
12 Dijo también al que le había convidado: Cuando hagas
comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a
tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te
vuelvan a convidar, y seas recompensado.
13 Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos,
los cojos y los ciegos;
14 y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden
recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de
los justos.
Parábola de la gran cena
15 Oyendo esto uno de los que estaban sentados con él a la
mesa, le dijo: Bienaventurado el que coma pan en el reino de
Dios.
16 Entonces Jesús le dijo: Un hombre hizo una gran cena, y
convidó a muchos.
17 Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los
convidados: Venid, que ya todo está preparado.
18 Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero dijo: He
comprado una hacienda, y necesito ir a verla; te ruego que me
excuses.
19 Otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a
probarlos; te ruego que me excuses.
20 Y otro dijo: Acabo de casarme, y por tanto no puedo ir.
21 Vuelto el siervo, hizo saber estas cosas a su señor.
Entonces enojado el padre de familia, dijo a su siervo: Ve
pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a
los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos.
22 Y dijo el siervo: Señor, se ha hecho como mandaste, y aún
hay lugar.
23 Dijo el señor al siervo: Ve por los caminos y por los
vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa.
24 Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron
convidados, gustará mi cena.
Lo que cuesta seguir a Cristo
25 Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo:
26 Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y
mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia
vida, no puede ser mi discípulo.
27 Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede
ser mi discípulo.
28 Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre,
no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que
necesita para acabarla?
29 No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda
acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él,
30 diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar.
31 ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se
sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al
que viene contra él con veinte mil?
32 Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le
envía una embajada y le pide condiciones de paz.
33 Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo
que posee, no puede ser mi discípulo.
Cuando la sal pierde su sabor
(Mt. 5.13; Mr. 9.50)
34 Buena es la sal; mas si la sal se hiciere insípida, ¿con
qué se sazonará?
35 Ni para la tierra ni para el muladar es útil; la arrojan
fuera. El que tiene oídos para oír, oiga.
Parábola de la oveja perdida
(Mt. 18.10-14)
15
1 Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para
oírle,
2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a
los pecadores recibe, y con ellos come.
3 Entonces él les refirió esta parábola, diciendo:
4 ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde
una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va
tras la que se perdió, hasta encontrarla?
5 Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso;
6 y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos,
diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que
se había perdido.
7 Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador
que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no
necesitan de arrepentimiento.
Parábola de la moneda perdida
8 ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma,
no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia
hasta encontrarla?
9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas,
diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que
había perdido.
10 Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios
por un pecador que se arrepiente.
Parábola del hijo pródigo
11 También dijo: Un hombre tenía dos hijos;
12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de
los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.
13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se
fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus
bienes viviendo perdidamente.
14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en
aquella provincia, y comenzó a faltarle.
15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella
tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase
cerdos.
16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían
los cerdos, pero nadie le daba.
17 Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de
mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!
18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he
pecado contra el